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Archive for septiembre 2010

Hace unos años viví una experiencia que me enseñó un poco más a enfrentar la muerte sin temor. En aquellos días, mi padre sufrió una embolia. Le hicieron unas pruebas y supimos que le debían hacer varios bypasses coronarios, una intervención quirúrgica mayor que consiste en cortar el esternón para llegar a las arterias cercanas al corazón. El cirujano reemplaza la zona de las arterias parcialmente bloqueadas con segmentos de otras venas o arterias.

 Para toda la familia fue un shock. Todo fue muy repentino. Era un hombre muy sano que nunca había pisado un hospital y, de un día para otro, ingresaba de urgencias con pérdida de la movilidad a causa del ictus y le programaban urgentemente una intervención arriesgada en el corazón.

 Recuerdo que el día antes de la operación, la familia estuvo a su lado en la habitación del hospital. Éramos varios: mi hermano Gonzalo, mi madre… Llevábamos toda la tarde allí intentando distraer a mi padre, hablando de naderías. También intentamos desdramatizar la intervención, inyectarle confianza:

 –         El médico que te va a operar hace más de cinco operaciones al día. ¡Ha debido hacer miles iguales que la tuya! Para él está chupado –dije yo.

 Y mi madre:

– Es la misma operación que le hicieron a Johan Cruyff en la década de 1990 y mira qué bien está ahora.

 Pese a esos esfuerzos para calmarnos, el ambiente estaba muy enrarecido. Era la primera vez en mi vida que veía a mi padre asustado. Se le notaba, aunque él también intentaba disimular. Parecía que faltaba el aire en la habitación. Estábamos todos mal.

 Quedaba, más o menos, una hora de visita. Después, nos tendríamos que ir, y mi padre y su compañero de habitación intentarían conciliar el sueño. A la mañana siguiente, temprano, empezaría una jornada decisiva.

 Allí estábamos los miembros de la familia, fatigados y nerviosos, intentando darle conversación a mi padre, cuando de repente, mi hermano Gonzalo exclamó en voz muy alta:

 –         ¿Sabes, papá? Y si la operación de mañana no sale bien y te mueres… ¡Al carajo! ¡¡De algo hay que morirse, joder!!

 … Se hizo un silencio inmediato… Incluso los familiares del compañero de habitación de mi padre callaron. Yo pensé: “¡Dios mío, se ha vuelto loco! ¿Qué narices está diciendo?”

 Pero, entonces, mi padre cambió de semblante. Recuerdo que se le borraron todas las arrugas de su cara, sonrió y dijo:

 –         Tienes razón, hijo. ¡De algo que morirse!

 A partir de aquel instante, ¡plof! cayó el espeso manto que nos enturbiaba el corazón. Desapareció la espesa niebla. El resto de la tarde fue muchísimo mejor. Por primera vez en todos los días que mi padre llevaba ingresado en el hospital a la espera de la intervención, se le veía relajado, incluso contento. Y también los demás.

 De alguna forma, aquel arrebato de mi hermano nos abrió a todos la mente. ¡Era cierto! La muerte nos puede llegar en cualquier momento y si es mañana, ¡pues muy bien!, ¡que sea mañana! Brindemos por la vida … ¡y por la muerte! Lo importante es disfrutar de la existencia, no cuánto va a durar.

 Tengo que añadir que la operación salió estupendamente y mi padre está vivito y coleando. Espero que lea estas líneas y se ría conmigo un rato de la parca.

 Yo, personalmente, no quiero que me entierren. Cuando muera, quiero donar mi cuerpo a la ciencia. Si es posible, que lo dediquen a las clases de anatomía de los jóvenes estudiantes de primero de medicina. Que algún jovencito abra mis tripas y aprenda que hay por allí dentro.

 En cuanto a ceremonias, sólo una. Que mis familiares y amigos se vayan a tomar unas copas y brinden en mi memoria por mi querida amiga, la muerte, la hermana gemela de la vida.

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Uno de los principales errores que cometemos al intentar entender nuestra mente se produce cuando buscamos las fuentes de nuestra felicidad. Esto es, hay ocasiones en que no estamos bien y nos preguntamos: “¿Qué es lo necesito para ser feliz?”, “¿Qué podría hacer para estar más contento?”. Entonces, para responder a estas preguntas, hacemos una investigación con nosotros mismos para encontrar las fuentes de nuestra felicidad.

–         Ummm, vamos a ver, ¿cuándo he sido feliz en el pasado? –nos preguntamos-. Ya sé, ¡cuando estaba en la universidad! Entonces, tenía muchos amigos, me dedicaba al estudio, no tenía responsabilidades y salía con Paola, tan guapa y cariñosa.

Primero recordamos aquel tiempo pasado tan hermoso y, luego, analizamos lo que hacíamos, las personas que nos rodeaban, intentamos aclarar qué definía aquel periodo feliz. Y, por último, concluimos que necesitamos todo ello para volver a estar bien.

–         Si pudiese salir de nuevo con Paola seguramente volvería a ser feliz –pensamos.

O quizás:

– Si volviese a la universidad, sería feliz de nuevo.

O aún peor:

– Si recuperase la juventud, volvería a ser feliz.

En fin, creemos erróneamente que aquellas circunstancias fueron los determinantes de nuestra felicidad y que, recuperándolas, volvería la dicha a nuestras vidas.

¡Mentira!

Si analizas un poco más, verás que tú ya eras feliz antes:

–         De entrar en la universidad.

–         De salir con Paola.

–         De ser joven (cuando eras niño).

Tú ya estabas en plena forma mental y aquello que hiciste entonces fueron lo que yo llamo las guindas del pastel, hechos que te dieron un plus de felicidad en una mente que ya se encontraba muy bien.

Lo que quiero decir es que para encontrarte bien a nivel emocional tienes que tener una mente sana. Simplemente eso. Podemos ser felices prácticamente en cualquier circunstancia. No necesitamos salir con Paola, ir a la universidad o ser jóvenes.

Cuando recordamos paraísos personales del pasado, a menudo, asociamos el bienestar de aquella época a los hechos más destacados que vivimos entonces (el inicio de una relación, tener un hijo, etc.) y llegamos a la conclusión de que esos hechos fueron los que nos daban la felicidad y no es cierto. Entonces, estúpidamente, intentamos repetir aquello, pero vemos que no funciona.

Hay que darse cuenta de que esos hechos no te dieron la felicidad. El bienestar lo llevabas tú dentro. Ahora, lo que tienes que hacer es recuperar ese bienestar mental, que está en tu mente. ¿Cómo? Entrenándote para ver las cosas con positividad, sin terribilizar y disfrutar de cada posibilidad que te ofrezca tu vida actual.

En ese sentido, el bienestar emocional es el bizcocho, la parte grande del pastel. Y lo que puedas hacer o tener, lograr o acumular… son solo las guindas de esa tarta. No tienen demasiada importancia. Olvídate de ellas.

En ese sentido, cualquier tiempo pasado no fue mejor, es sólo una ficción. Tu presente y tu futuro pueden ser tan buenos o mejores que el pasado si te amueblas bien la mente, si dejas de quejarte y te pones a valorar positivamente lo que posees.

Yo les recomiendo a mis pacientes que, tengan la edad que tengan,  adopten el siguiente lema: “Los próximos diez años van a ser los mejores de mi vida”. De esa forma, tienen que visualizarse haciendo cosas emocionantes, disfrutando de la existencia, apreciando lo que tienen. En cada momento de nuestras vidas encontraremos nuevos objetivos, nuevas posibilidades. No hay que mirar atrás, quejarse de las habilidades perdidas. Está claro que todos nos hacemos mayores y vamos perdiendo facultades. ¿Y qué? ¡No las necesitamos! No necesitamos casi nada para ser felices.

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El lunes día 27 (en dos semanas) volveremos a vernos en el Centro Cívico Can Deu (Plaza de la Concordia, Les Corts). Iniciamos entonces el 5º ciclo de conferencias. Los demás días serán: el lunes, 25 de octubre y el lunes 29 de noviembre. La hora de inicio es siempre la misma: a las 19.00 y la entrada gratuita.

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Desde siempre se ha dicho “la salud es lo más importante”. Y ahora tengo que poner en duda esta afirmación. No sólo eso, sino que me parece una creencia irracional porque lo más importante es la felicidad.
¿Quién de nosotros querría vivir muchos años siendo un profundo desgraciado? ¿De qué nos sirve la salud si no gozamos de la vida? La salud, tanto en cuanto nos posibilita hacer más cosas significativas y divertirnos más, es interesante, pero por sí misma no es prácticamente nada. De hecho, muchas personas depresivas están bien físicamente, pero desean quitarse la vida.

Es importante entender que la salud no es tan importante como, a veces, creemos por varias razones:
a) Para no terribilizar sobre la enfermedad y obsesionarse con la salud.
b) Para no temer a las enfermedades en ningún caso y afrontarlas con optimismo cuando nos toquen.
c) Para poner en su lugar nuestro sistema de valores general.

En cierta forma, ¿no es estúpido darle tanta importancia a algo que está garantizado que vamos a perder? Desde que alcanzamos la plenitud física, pasada la adolescencia, empezamos a perder la salud: la vista se cansa, nos volvemos miopes, la espalda duele… Tarde o temprano, casi todos enfermaremos gravemente y moriremos. ¿Por qué hacer tanto ruido acerca de eso?

Hace un tiempo, tuve la suerte de conocer a un grupo de personas maravillosas comandadas por un ángel llamado Tina Pereyre. Son los voluntarios del Hospital Sant Joan de Déu de Barcelona. Se trata de más de doscientas cincuenta personas que trabajan intentado hacer la vida más alegre a los niños enfermos ingresados en este hospital infantil. A los niños, pero también a los padres que, muchas veces, son los que más sufren al ver gravemente enfermos a sus hijos.

Los voluntarios de Sant Joan de Déu juegan con los pequeños, hacen “canguros” a los padres, dan tanto cariño y apoyo como pueden… y, muchas veces, acompañan a las personas en la hora más difícil, la de la partida anticipada de sus niños. Muchas de sus enternecedoras historias están relatadas en el libro El caballo de Miguel (Ed. Plataforma).

Me acuerdo ahora de los voluntarios de Sant Joan de Déu porque el trabajo que llevan a cabo tiene que ver con la manera óptima de entender la enfermedad (y la muerte), el tema central de este capítulo. Aunque parezca chocante, esos doscientos hombres y mujeres van al hospital cada semana a trabajar desde la alegría. Nadie acude allí a llorar o compadecerse de los enfermos porque, en realidad, enfermos ya los estamos todos. Todos vamos a enfermar y morir, así que simplemente lo que hacen es compartir esa naturaleza impermanente e imperfecta para hacer algo bello de ella.

La enfermedad, el dolor y la muerte son parte de la vida y no tienen por qué ser entendidos como desgracias inútiles que truncan la felicidad de las personas. Más bien se trata de procesos naturales, realmente inconvenientes, pero que aún dejan mucho espacio para la alegría, el amor y la fraternidad, como demuestran las hermosas experiencias que viven los voluntarios.

En una ocasión, Tina Pereyre me leyó una carta redactada por una madre que acababa de perder a su hijo pequeño tras un periodo ingresado en el hospital. Esa mujer escribía una carta de agradecimiento a la voluntaria que la había atendido durante aquellas semanas. La madre se acordaba de los últimos días de su pequeño y destacaba su alegría inalterable, ajena al pesado tratamiento que le administraban. Y en medio de su desgracia mencionaba al “ángel” que habían conocido en el hospital, esa joven desinteresada que le ofreció a ella el hombro para llorar y a su hijo, su tiempo para jugar, su sonrisa para iluminar la habitación blanca del hospital. En esa carta, esa mujer doliente expresaba claramente cómo la enfermedad también es una oportunidad para descubrir el auténtico amor desinteresado, ése que siempre es sereno, pleno y que da sentido a la existencia. Los voluntarios de Sant Joan de Déu son una prueba más de que la enfermedad no tiene por qué ser un impedimento serio para la alegría.

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